4. El día de la azucena

Una flor en el.. miniatura

4. El día de la azucena

 

La conoció de tarde (aunque por primera vez, no fue la última). Eran jóvenes, demasiado jóvenes para olvidar...

 

Ella está recargada en el muro de rocas del malecón, mirando al mar y a los botes pesqueros que regresan. Está esperando la puesta del Sol.

 

¿QUÉ LE DIGO?

 

Allá atrás una mujer vende flores, la mujer predestinada por algún deseo. Él se acerca y pide una flor.

—¿Para tu enamorada?

—Eh... Sí.

—¿Una rosa? —la mujer guiña el ojo—. ¿Roja?

—Algo más... algo más sutil.

—¿Primera cita?         

—Sí... más o menos.

Mira atrás. Ella sigue allá, en el muro, no se ha ido, no se irá.

—Una rosa blanca o un lirio blanco —propone la mujer.

—¿Tiene azucenas?

La mujer voltea y descubre en la cubeta una, grande y fresca, que un minuto antes no estaba allí.

—Queda una —dice, aún desconcertada.

 

¿QUÉ LE DIGO? ¿QUÉ LE DIGO? ¿QUÉ LE DIGO?

 

El joven se acerca, lentamente, temblando... Una mano en la espalda, la otra cerrada con fuerza y apretada contra su muslo.

—Hola —parpadea.

Ella se vuelve, él se yergue, ella sonríe y ladea la cabeza...

—Hola.

Su cabello negro y lacio se dispersa con la brisa, cae hasta la cintura. Sus ojos verdes brillan bajo las pestañas largas y gruesas.

Un gorrión piensa, asido al borde del muro. Ella escucha y cree que es su imaginación:

 

...que yo he pedido todo a Él para ti.

 

Han pasado muchos días. La ha seguido; siempre desde la plaza, luego con el señor de las nieves, y hasta esa parte del muro. Todas las tardes. Y ella se queda allí, con una nieve en la mano, hasta que el Sol desaparece. Se ha embelesado mirándola hasta marearse y perder el equilibrio. Hoy es el día; así tenía que suceder.

No puede decir nada; sólo libera una sonrisa tonta e inocente a la vez. Estira el brazo y le ofrece la azucena. Ella la acepta.

 

…y así comenzó el idilio.

 

 

Arabesco

Capítulo anteriorCapítulo siguiente

Volver al Índice

 

Volver a LAS LETRAS

Volver a la PÁGINA PRINCIPAL