16. El día de la primera muerte

Ojo llorando

 

16. El día de la primera muerte

 

El gorrión miraba desde la ventana,

a través de las cortinas del cuarto del hospital…

 

—Amor —ella toma su mano y la acaricia—, te curarás.

Se miran con la ternura y la suavidad que sólo podría tener la bruma terrestre sobre la superficie de la Luna.

El médico mira desde la puerta del dormitorio y mueve la cabeza: derecha izquierda, derecha izquierda, derecha izquierda...

—Amor —continúa ella—, te curarás.

—Bonita —dice él—. Ya no tengo tiempo.

—Los doctores dicen que... —ella rompe en llanto.

—Ya lo sé. Dicen que pueden tratar esto, que pueden tratar aquello. Pero estoy cansadi, ya no hay cura, ha avanzado demasiado.

—¡Por qué! ¿Por qué permite Él, o Ella, o lo que sea, si es que existe, que pasen estas cosas?

—Si lo veo, se lo preguntaré.

—¿Me esperarás? —pregunta ella—. Adonde quiera que vayas... ¿me esperarás? ¿Me vas a olvidar?

—Jamás —él toma las manos de ella y las aprieta—. Y te esperaré. Te esperaré siempre...

Comienza a llover. El viento y los truenos retumban en la ventana.

La silueta inmóvil del gorrión está quieta, empapada.

—Toma —dice él y de un costado de la cama toma una rosa roja—. La última flor que te doy.

Ella toma la flor, la abraza, la aprieta. Se espina la mano y sangra. Ella no lo ve, pero la rosa abre un poco más sus pétalos y con eso adelanta su vejez. Luego ella se abraza a él.

—¡Lucha! —exclama con desesperación—. ¡Lucha! ¡Lucha!

—Espérame —sonríe él, con la voz cada vez más débil—. Espérame, que yo volveré por ti.

—No vuelvas, no te vayas... Sólo quédate conmigo.

—Moriría un millón de veces por ti —dice él, antes de expirar, sin saber que ha revelado la profecía.

Y allí se queda ella, con un dolor como cristales agudos en la sangre y una piedra muy grande atorada en el pecho.

 

 

Arabesco

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